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martes, 13 de agosto de 2013

Metamorfosis de lo sagrado (Nahúm Ulín)

El presente texto es un comentario personal de una lección inaugural, dada en el año 1998 por el teólogo Juan Martín Velasco, en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona.


     
En nuestra cultura occidental, después de la invasión española, lo sagrado ha connotado lo incuestionable, lo incorruptible, hasta lo inalcanzable. Más de cinco siglos nos han hecho entender, a través de medios no tan educativos, cómo deber de ser el acceso a Dios: un acceso único, difícil de transitar, con requisitos casi inalcanzables de cumplir, en gran medida, exclusivista e impositivo. La tradición cristiana católica se ha considerado, a través de tanto tiempo, “la verdadera y única vía de acceso al misterio”, en el tan duro refrán: fuera de la Iglesia no hay Salvación (Extra Ecclesiam Nula Salus).


Era normal, a partir de lo anterior, considerar lo religioso como punto de partida para la convivencia familiar, en el barrio, en la sociedad, en las labores cotidianas. Dios se entendía solamente desde las coordenadas religioso – cristiana – católica. Otra forma de acceder a Dios era invisibilizado, no tomado en cuenta, sujeto de críticas contundentes. Como radical y doliente ejemplo, pongo la anulación de nuestra cultura indígena y su disolución, en muchos de los casos, en medio del cristianismo occidental. Hasta nuestros tiempos se observan episodios de esta experiencia de colonia y conquista española, pues, se sigue insistiendo en que la fe debe de imponerse, no importando los procesos humanos que atraviesa el “neófito”: la ley primero, la persona después, esa es la consigna hasta nuestros días.


Viendo con honradez nuestra realidad actual, esta experiencia de acceso al misterio ha ido cambiando, pues, especialmente nuestros jóvenes están exigiendo nuevas formas de leer el evento del paso de Dios en la realidad humana. Ahora no es necesario hablar de Dios desde lo religioso o, en el mayor de los casos, desde la Iglesia, pues, esta última está atravesando, actualmente, un tiempo de crisis interna que deriva en su praxis pastoral y de coherencia de vida cristiana. Pedofilia, corrupción, lavado de dinero, complicidad con políticas inhumanas, misoginia institucional, tráfico de influencias, son múltiples experiencias que están exigiendo un cambio, una metamorfosis de parte del ala clerical de la Iglesia.


Algo importante a mencionar es la pluralidad de accesos que hoy se conocen para conocer al misterio, no sólo hablando de las religiones históricas, sino, de “expresiones civiles” (religión civil) de acercamiento a Dios: un Dios que campea en la cotidianidad de la realidad humana, en el laos, y es donde se menciona, con gran y sutil importancia, que la toda realidad humana es sagrada (res sacra homo)


Una religión sin Dios o una religión del ser humano divinizado es el insistente grito de los seres humanos que hoy desean y buscan accesar al edificio de la experiencia del misterio. Por ser seres humanos, somos constantes buscadores de equilibrio y experiencias que sacien la sed de la trascendencia entendida, desde nuestras coordenadas latinoamericanas, como encuentro con la dignidad y desarrollo humano. Lo religioso en nuestros días, en el mayor de los casos, sabe a hipocresía, a doble moral, a lugar en el que sólo participan abuelas y abuelos, a sólo ritualidad, a sólo rezos, no a la alegría y el compartir solidario que suscita la convivencia cotidiana.


Ante lo último, hablando desde la trinchera juvenil, desde sus gozos y esperanzas, no se puede hablar de Dios desde la imposición, desde el sólo y el compulsivo cumplimiento de normas, desde el repetir oraciones y nada más. Una religión que implique la vida y sus sensaciones, sus intuiciones, sus proyectos, sus anhelos. ¿Por qué a la juventud de hoy, en el mayor de los casos, la religión ya no les dice nada, ya no es capaz de generar esperanza y búsqueda de la realización personal? Considero lo anterior, desde mi vivencia cotidiana con ellos y ellas, un reto que nos invita a seguir explorando maneras, espacios, formas, métodos creativos y proactivos para que Dios suene a dignidad y no a intimismo, que nos invite a vivir con intensidad, más que rechazar la vida y sus manifestaciones.
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martes, 30 de julio de 2013

Ejercicios Espirituales (Henry Monroy)



Cuando San Ignacio vive la experiencia de los Ejercicios Espirituales no se imaginó que con ellos cambiaba su vida, y la vida de muchos ejercitantes que los viviríamos a lo largo de la historia. Cuando viví un mes en silencio, en un ambiente personal, en compañía de Dios, no pensé que también cambiaría mi vida…

La espiritualidad ignaciana, puedo decirlo, tiene como característica principal, la liberación de la persona humana, a través del discernimiento. Por ello afirma el mismo San Ignacio en el texto de los Ejercicios, numeral 21: “Ejercicios Espirituales para vencer a sí mismo y ordenar su vida. Sin determinarse por afección alguna que desordenada sea”[1]

Estas palabras me han permitido entrar en mi propia vida, teniendo en cuenta aquellos aspectos de la misma que he tenido que ordenar. Claro, los Ejercicios no son una “barita mágica”, pero al entrar en el proceso de discernimiento y de conocimiento personal, puedo descubrir aquellos aspectos de mi vida que he tenido que ordenar. Recuerdo lo mucho que cambió el derrotero de mi vida cuando hice el mes de Ejercicios, y la sensibilidad ante la realidad que logré encontrar en mí. Vi, ante mí, un camino seguro, una vocación a la liberación de los demás a través de la transmisión de conocimientos, a través de la educación.

Pero, en definitiva, este proceso no sería verídico si no estuviera acompañado por la “quinta semana”: la vida ordinaria. San Ignacio descubrió en los Ejercicios aquello a lo que era llamado, pero en su vida se encontró con dos experiencias que lo marcaron: la primera fue en el Cardoner y la segunda en la Storta. En cada una de ellas Dios se manifestó en la Vida de Ignacio, para mostrarle un camino y para confirmarle su misión: puesto con el Hijo.

Así, los Ejercicios han propiciado en mi vida corriente ese encuentro con Dios Padre, quien se hace presente para confirmar mi vocación de hijo, puesto con los demás. Aunque claro, desde mis propias virtudes y defectos, el camino no ha sido fácil. Me encuentro más bien en el proceso de “caminante”, de apertura a la voluntad de Aquél que me sigue llamando y que se sigue encontrando conmigo, mostrándome su “Amor y su Gracia”. Sin embargo, uno de los frutos más significativos que me han ayudado es encontrarme con mi consigna. Esta la he podido vivir y plenificar especialmente en momentos en los que me he sentido cansado y desesperado, pero con deseos de seguir adelante. En mi consigna Dios me sigue hablando, me sigue sosteniendo y me sigue guiando. Sé que es mi fuente de estabilidad y potencia mis actitudes.

Por otro lado, la experiencia de los Ejercicios va creando la conciencia de que este mundo puede ser diferente, o al menos puede verse diferente. Para San Ignacio, esta diferencia se posibilita a través de su conclusión, la Contemplación para alcanzar amor, contenida en la cuarta semana. Él escribió en el segundo preámbulo: “pedir conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad” (134). Al reconocer tantos dones recibidos, he comprendido la importancia de la conexión que existe entre el género humano, Dios y el resto de la creación. Los pueblos indígenas comprendían mejor esta relación, ya que ellos aprendían desde la creación y se sometían a ella, respetándola e incluso viendo sus manifestaciones como dioses. La creación y el reconocimiento de Dios en todo, me hace descubrir lo mucho que tengo que aprender de ella.

El amor, dijo Ignacio, se descubre más en las obras que en las palabras, y son estas primeras las que han de definirme. Pero, como expresaba en líneas anteriores, son aspectos donde asumo mi propio crecimiento y en donde reconozco mi necesidad de crecimiento.

Otro aspecto significativo de mi relación con los Ejercicios ha sido el examen, lo que da pie a los Ejercicios. El examen está vinculado con el acompañamiento. Examen y acompañamiento son, en definitiva, la base del discernimiento. Al tener en cuenta las posibilidades, el discurso a aquél que está en el momento de la muerte, o aquél que no conozco: pero que deseo que elija la perfección en el seguimiento de la voluntad de Dios (Cfr. 113, 114), cuando examino el día o la oración, se hace comprensible el acompañamiento. Este, desde mi experiencia actual, puede darse desde la escucha y desde el diálogo, donde la relación entre acompañante y acompañado es de un encuentro y una invitación a un habérselas con la realidad, ya que, por la naturaleza del contexto en que me encuentro, se hace importante la vivencia diaria y la capacidad para llevar la vida a la oración y la oración a la vida.

De esta forma, el examen, mismo que me permite descubrir este proceso en espiral, es decir, que me regresa al tiempo de oración y de cotidianidad, y me hace verlos con otros ojos, se convierte en una herramienta útil para asimilar el paso de Dios y de los demás en mi propia experiencia de vida, y, por qué no decirlo, mi paso por la vida de otros y otras.

Por último, al revisar mi relación con la experiencia espiritual de San Ignacio y con la pedagogía, me alegra conocer el Paradigma Pedagógico Ignaciano –PPI– con sus cinco elementos: contexto, experiencia, reflexión, acción y evaluación. Es decir, el recorrido de la espiritualidad ignaciana aplicado a la educación, tomando en cuenta el tanto cuanto, la mayor gloria de Dios y lo tiempos lugares y personas, ya que el PPI antes de imponerse, pone en el centro del proceso de liberación personal y académico al “acompañado”, al alumno. Por eso busca la liberación y el desarrollo de la persona a través de la virtud y de las letras, del espíritu y la ciencia. El PPI, antes de llegar a la reflexión de determinado contenido, enseña a reflexionar el contexto del mismo, así como el del estudiante. Invita a ver su experiencia, para hacer que el aprendizaje sea significativo. Le invita a realizar una acción, para asumir un compromiso. Y, por último se da la evaluación, para asimilar el conocimiento, para regresar a los otros elementos del PPI y para tomar conciencia de los contenidos que se han aprendido.

El PPI genera creatividad por parte del profesor e interés por parte de los alumnos, los une en un proceso de enseñanza aprendizaje, donde todos los conocimientos previos son importantes para construir nuevos. El alumno, comprendo, es capaz de desarrollar habilidades que le permitan sentirse libre y asumir nuevos retos, le hace también manejar ciertas competencias que ayudan a que los alumnos accedan con nuevos ojos y con nuevas perspectivas, a la aplicación de los conocimientos, teniendo en cuenta la interiorización de los principios cristianos. 

Así, el PPI, se convierte en una herramienta necesaria para lograr el principio ignaciano de no el mucho saber harta y satisface el alma, sino el saber gustar y sentir las cosas internamente. 

En conclusión, puedo afirmar que la aplicación cotidiana de la espiritualidad ignaciana, vivida en un retiro, permite realizar a la persona como hijo de Dios, llamado al servicio, puesto con el hijo y, que a través de este llamado, desde el amor, puede desarrollarse la educación ignaciana, la cual busca que los procesos pedagógicos estén al servicio de los alumnos, quienes buscan adentrarse en los conocimientos para después ser puestos al servicio de los demás.

A.M.D.G.


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[1] De Loyola, Ignacio. Ejercicios Espirituales. Introducción, textos, notas por Cándido de Dalmases, SI. Sal Terrae. Tercera edición, 1990. España. P. 53. De aquí en adelante, los número entre paréntesis corresponden al número de página en la cual se encuentra la cita.
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martes, 16 de julio de 2013

El tocador de mi Madre (Fabiola Meléndez)

La muerte es una experiencia que, quierase o no, atravesaremos todos y todas, alguna vez. Y es a través de este espacio que deseamos darle un momento de reflexión a esa experiencia tan humana y tan dolorosa, pero llena de aprendizaje: el luto. Estas líneas que se exponen a continuación, expresarán el proceso vivido, hasta hoy, por una hija deseosa de encontrarse con su madre, a través del recuerdo. Qué esta experiencia nos haga cada vez más comprometidos con la vida y sus causas, pues, morir es volver a nacer en el recuerdo.


Estoy aquí, en la habitación de Gloria Marina Contreras, mi madre. Hace unos días se ha marchado hacia el infinito. El viernes de su muerte, la escuché cantar entre los árboles y las nubes, su voz era fresca y ágil, como cascada de montaña, volaba sin parar y a su paso alborotaba el viento, las hojas y los pájaros juguetones. 

Digo que la habitación está vacía, pero, no es cierto, hay tanto de ella aquí, que me parece que pronto la veré frente al ropero, eligiendo un vestido luminoso para ir a trabajar o que estará allí, frente al espejo, su rincón favorito, contemplando su sensual belleza morena. Parece que se ha ido, pero siento que aún sigue aquí. Su tocador, altar de su feminidad, permanece intacto. De cedro, madera privilegiada, barnizado y abundante es una oda a la creatividad. Desde aquí, día tras día, mi madre se reinventaba, era la misma, pero siempre nueva: ojos voraces, prendas ligeras; mejías encendidas, vestidos pálidos y elegantes, luces, contrastes de niña inocente y mujer perspicaz.


Su tocador sigue intacto; a un lado los productos de limpieza personal: cremas para el cabello, astringentes, refrescantes, neutralizadores, perfumes; y al otro, una minuciosa colección de colores, tonalidades y sabores: bases maquilladoras, coloretes, sombras para ojos, delineadores, rímel, lápices de labios, brillos. En medio, sus joyeros, llenitos de collares, aretes e ilusiones. Collares para té, collares para playa, para la suerte, para la oficina, aretes para vestir, aretes informales y para recepciones. Es que el mundo está lleno de tantas cosas bellas, que no alcanzan los días para poderlas lucir todas, para caminar por allí, moviendo el piso y sentir en la espalda las curiosas miradas de los demás: miradas de admiración, de adoración, de perplejidad, de afecto y hasta de envidia.

El tocador de Marinita, un regalo de ella misma para sí. Un merecido obsequio de autoafirmación e independencia. Un presente, hoy que se puede. Ahora que puede darse el lujo de tener “algo propio”, hoy que ya no vive, gracias a su esfuerzo, en el “mesón”, donde se hacía cola hasta para ir al baño. Ahora que ya es grande y fuerte; y que no tiene que deambular, por allí, solicitando la ayuda de un padre ausente que no se presentó a darle su apellido, ni su amor.

Gloria Marina Contreras,  es Contreras, como su madre, Chusita Contreras, es feliz viéndose en el espejo de su hermoso tocador. Cada mañana decora sus mejillas, prende en ellas retazos del amanecer, colorea sus ojos con los inocentes tonos del aura boreal, incendia sus labios de carmesí, y huele a nueces y a mieles. Al terminar este acto de creatividad, sonríe animosa y se marcha férrea a transformar la realidad en la que vive. Gloria Marina es maestra, por vocación, y cree, sobre todas las cosas, que sólo la educación será capaz de traernos justicia y paz.


En la habitación, Gloria Marina Contreras está más presente que nunca, todo habla de su presencia, especialmente el sabio tocador, su espejo me devuelve la sonrisa de mi madre, satisfecha me marcho al mundo, en el que todavía estoy creciendo… 
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