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ROMERO ¡VIVE!

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lunes, 31 de agosto de 2015

¿Y si importáramos? (Mabel Rivas)

Hace algún tiempo viví una experiencia interesante: asistí a un taller organizado por el Departamento de Pastoral de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (UCA). El taller llevaba por nombre "Resiliencia". Cuando el profesor nos invitó a este taller, en clases, dijo: "es para aprender a vivir con dolor". En efecto, según la Real Academia Española (RAE), resiliencia es la

"Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas".

La dinámica del taller fue muy diferente a lo que yo creí que sería, pues, pensé que llegaríamos a sentarnos y nos darían pura teoría sobre la resiliencia; todo lo contrario, a lo largo del taller hicimos práctica de este raro término en nuestras vidas. Floreció en este momento un factor común en cada joven participante: la necesidad de espacios para compartir sus experiencias, ser escuchados, espacios en los cuales reine la apertura y aceptación, en los que no tengamos miedo de mostrarnos indefensos, de mostrarnos contrarios a lo que la sociedad pide: mostrarnos humanos.

¿Y si nos escucharan? ¿Y si mostraran un poco de interés? ¿Quiénes? Pues, todos. La vida de un joven está subestimada. En realidad, no sólo los adultos atraviesan momentos difíciles. Todos estos jóvenes tenían una historia que contar, una historia impactante y dolorosa. Estos jóvenes pedían a gritos, internamente, sanar las heridas que, a su corta edad, la vida ya les había dado. Y sin necesidad de tener una experiencia negativa, dolorosa, un joven grita por atención, interés, ánimo, compañía, respuestas, oportunidades.

¿Qué pasaría si esas “pequeñeces” importaran? ¿Seguiríamos en una sociedad tan enferma? Si existieran más espacios, como este que he expusto -por mencionar una de las tantas exigencias que un joven presenta-, si de verdad importáramos, si los seres humanos fuéramos el centro de la sociedad –no un partido político, no el dinero, no las armas, no el poder- y nuestras necesidades fueran atendidas y no ignoradas, sé que los jóvenes no buscaríamos soluciones en los brazos de las drogas, la violencia, la computadora, el celular, la arrogancia, el egoísmo…

¿Qué nos queda? Exigir y crear. ¿No nos atienden? Atendámonos, no nos quedemos de brazos cruzados, preocupémonos por nosotros, “rebúsquemonos” por nosotros, seamos prójimos con nosotros mismos, porque lo necesitamos para aprender a ser prójimo con el otro. No nos alienemos a la cultura de la indiferencia, del “no ver, no hablar, no escuchar”: que no nos lleve la corriente del desamor. Seamos resilientes.

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LOS CORAZONES LIBRES (Rodrigo Recinos)


Hace ya un par de semanas, el Papa Francisco en su viaje pastoral a América Latina se reunió con los jóvenes paraguayos como última actividad de su recorrido. Sus palabras fueron espontáneas, un discurso improvisado en donde ha tocado el tema de la libertad, nos ha pedido tener un corazón libre, y es precisamente eso lo que me ha dejado inquieto, lo que ha tocado fibras sensibles y ha suscitado preguntas y más preguntas: ¿qué debería entender un joven, o una joven, en un contexto violento e injusto, por tener un corazón libre? ¿Cómo puede ser libre, el corazón de un joven excluido y marginalizado? ¿Cómo experimenta la libertad un corazón que ha sido víctima de abuso, de maltrato, de violencia y deshumanización?

Antes que nada, considero necesario un acercamiento al concepto propio de libertad, como un componente ontológico de todo ser humano.

Insertos en el mundo, vivimos a diario relacionándonos con distintas dimensiones que nos hacen ir experimentando diferentes actitudes de dependencia y necesidad. Estas dependencias y necesidades no provienen solamente del sabernos existentes en el mundo, sino que poseen características biológicas propias necesarias, que aún alejados de él podríamos experimentar. Por tal razón, y nuestra capacidad de conciencia, es que podemos ir realizando actos que están alejados del propio devenir de la naturaleza y de nuestra diversidad con el mundo.

Estos actos, propios del ser humano, son en definitiva una construcción constante de nosotros como personas libres, un proceso que apunta a la intervención del hombre en la historia y la naturaleza. El actuar libremente nos lleva necesariamente a pensar en qué consiste esa libertad que me hace tomar decisiones, nuevas y dinámicas, una libertad que no se encierra en sí misma, sino que en su grado más puro es siempre una libertad para los demás, para el otro.

Es difícil hablar de un concepto claro y unánime, y así lo constata la historia, sin embargo desde mi perspectiva cristiana, la libertad se expresa también con el amor, y es precisamente el amor uno de los componentes de nuestros actos libres, un amor que no espera nada a cambio, un amor que nos sitúa frente al otro y nos exige la no absolutización de mi libertad frente a la libertad de mi hermano o mi hermana; me exige ser responsable y no arbitrario.

Ahora, en un siguiente paso es preciso hablar de libertad desde nuestros contextos e historias, tiene que ser, indudablemente, interpretada desde una óptica de olvido, marginación y opresión, frente al dolor que causan cientos y miles de víctimas, torturados, asesinados, desaparecidos; cientos de jóvenes a los que sus condiciones de vida les han sido menos favorecidas.

Reitero nuevamente lo que en un inicio planteo: ¿cómo puede ser, entonces, libre el corazón de un joven del barrio marginal a quien la juventud se le ha escurrido de las manos y no ha podido gozar plenamente de ella; cómo puede ser libre el joven asediado por el temor latente y amenazas constantes a su vida y la de su familia; el joven con desesperanza, con el corazón destrozado ante la muerte inesperada de un ser querido, arrebatado violentamente?

Si miramos hacia atrás, nos encontramos que ya Israel tuvo la concepción de un Dios que libera y exalta al oprimido; es por esa línea que debemos ir avanzando, teniendo la noción de un Dios acompañante en cada paso de nuestras vidas, de nuestras historias y de las historias colectivas de cada pueblo, de cada cultura; un Dios que quiere la dignidad del ser humano, su plena realización, y es precisamente nuestra vocación humana a la libertad, la que nos abre hacia la realización plena de cada hombre y mujer, nos hace construir nuestro camino con experiencias profundamente humanas.

Todo esto implica afirmar que los enemigos de la libertad, son enemigos de la vida y enemigos, en este caso, de la juventud; impidiendo la no realización del proyecto divino por el cual hombres y mujeres somos esencialmente libres. No se trata de un proyecto a futuro o “más allá”, se trata de las condiciones concretas en donde los valores del Reino se vivan plenamente, en donde el amor al prójimo, la solidaridad, la alegría, el respeto y sobre todo, nuestro corazón libre, puedan vivir en armonía con la naturaleza y los demás seres humanos, nuestros hermanos y hermanas.

Por lo tanto, y para concluir, Dios también se hace presente en los corazones vulnerados y maltratados, en el corazón desolado por el dolor, la amenaza y la angustia, allí donde las señales de vidas son escasas; no como consuelo ligero y superfluo sino como don e iniciativa hacia la realización plena de cientos y miles de jóvenes que quiere ver crecer la vida, sus vidas. Aunque a los jóvenes de nuestro entorno (y me incluyo) les será difícil creer en esta libertad y dignidad mientras se sientan amenazados y víctimas de tanta violencia, injusticia y marginación.

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sábado, 23 de mayo de 2015

“MONSEÑOR ROMERO: Del conflicto eclesial a la esperanza popular”. (Nahúm Ulín)

Introducción.


Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez fue un noble salvadoreño, hombre creyente, pastor de un pueblo sufriente, profeta de una y mil esperanzas, ferviente luchador de los derechos humanos en un tiempo donde vivir en El Salvador era una osadía. Nació el 15 de agosto de 1917, en Ciudad Barrios, localidad de San Miguel, uno de los 14 departamentos del pulgarcito de América, El Salvador. De familia de procedencia humilde, laboriosa y justa, se le conoce por su praxis pastoral como obispo de la Iglesia Católica, por ejercer desde el púlpito la estruendosa voz de la justicia que a nadie deja indiferente, por acompañar a tanto salvadoreño y salvadoreña desesperanzado. Su voz y praxis tuvieron tanta incidencia que se llega a decir que él es el salvadoreño “más universal”, más conocido por su decantamiento por los y las pobres. Problemas con el gobierno en turno, con la oligarquía, con la guerrilla y con el pueblo fue el precio a pagar por esta opción. Además de estos conflictos se menciona que sufrió una aguda contra de parte sus hermanos de mesa y báculo, sus hermanos del episcopado salvadoreño. Él es una de las muchas celebridades religiosas más conocidas en el mundo actual. Su papel como la voz de los sin voz, el profeta de los y las pobres y otros títulos insignes, hacen de su persona un punto de referencia que interese para investigarle y conocerle, especialmente cuando El Salvador vive uno de los episodios más crudos de violencia e inestabilidad social en la actualidad. Un hombre eminente y profundamente religioso, capaz de religarse (relacionarse) con todo y con el Todo, marca una generación que impulsa cambios (conversión) desde lo personal hasta la esfera política y social en el ámbito salvadoreño, a vísperas del conflicto armado de los años ochenta. Su praxis pastoral desenmascara las falsas imágenes del “dios” alejado de su pueblo, capaz de olvidarle y dejarle en fila de espera para atenderle. Bien, se conoce que Mons. Romero fue un hombre de Dios, acentuando el hecho de no solo por su ser “religioso”, sino, por trascender lo humano, divinizándolo, dándole estatura de dignidad. La tarea de este escrito es intuir cuáles fueron los problemas eclesiales que sobrellevo Romero, cómo trabajo con ellos y qué aportes nos da en la actualidad para lidiar con los nuestros, cómo cargó con esta disyuntiva, cómo desenvolvió su práctica pastoral en medio de la bruma interpuesta por sus hermanos de mesa y báculo, cómo vivió y superó este conflicto. Descubrir estas intuiciones, es nuestra tarea.

MONSEÑOR ROMERO: 

“EL PASTOR EN MEDIO DE LA CRISIS ECLESIAL SALVADOREÑA”

Monseñor Óscar Arnulfo Romero fue arzobispo de San Salvador desde el 2 de febrero de 1977 hasta el 24 de marzo de 1980. Recibe la tarea de llevar las riendas y el barco apostólico del pueblo salvadoreño, de parte de Roma, luego de que su antecesor – Monseñor Luis Chávez y González – depusiera su cargo iniciado en el año de 1938[1]. Cuando inicia su mandato, Romero logra observa que, además del conflicto social y político que vivía el país (recordemos el conflicto armado que se estaba gestando en la sociedad salvadoreña de los 70´s), la Iglesia – tanto el pueblo, como sus líderes – estaban divididos. Esta división, especialmente la que mostró el episcopado salvadoreño, era una manera sutil de presentar este fraccionamiento que vivía el salvadoreño y salvadoreña en la sociedad[2]. Los Monseñores Eduardo Álvarez, obispo de San Miguel; Pedro Arnoldo Aparicio, obispo de San Vicente; Benjamín Barrera de Santa Ana y Marco René Revelo, auxiliar de San Salvador, fueron los protagonistas de una orquestada maquinaria de deslegitimación contra el obrar y decir de Monseñor Romero[3] (De la conferencia, el único que le apoyó incondicionalmente fue Monseñor Rivera y Damas, obispo de Santiago de María) Esta actitud de contra, le desgató a Romero en todo lo que fue su recorrido de arzobispo y pastor de la grey salvadoreña. 

En otras palabras, Romero no solo tuvo que trabajar por la pacificación de la sociedad salvadoreña ensombrecida por las balas, sino, y con mayor razón, por la unidad de la Conferencia Episcopal Salvadoreña. Se dice que esta tensión, rivalidad y enfrentamiento entre obispos se venía practicando desde hace tiempo atrás, a través de la existencia de actas que manifiestan discordancias entre el prelado, especialmente en los años setentas[4]. También, y como atestiguando ésta profunda experiencia de desolación y crisis eclesial, en su diario personal, Romero escribe lo siguiente: 

La Conferencia Episcopal de El Salvador convocó a una reunión de urgencia. Mi primer intento fue no asistir… Llegué a la reunión y vi que todo estaba preparado. Fui objeto de muchas acusaciones falsas de parte de los obispos. Se me dijo que yo tenía una predicación subversiva violenta. Que mis sacerdotes provocaban entre los campesinos el ambiente de violencia y que no nos quejáramos de los atropellos que las autoridades estaban haciendo. Se acusa a la arquidiócesis de interferir en las otras diócesis provocando la división de los sacerdotes y el malestar pastoral de las otras diócesis. Se acusa al arzobispado de sembrar la confusión en el seminario… Preferí no contestar.[5]

De lo anterior, se puede apreciar el hecho de cómo se sentía Romero, cuando sus mismos hermanos no entendían su opción por un pastoreo honesto con los tiempos que se vivían, tiempos de guerra y de muerte, tiempos donde la vida no era posibilidad de dignidad. Romero había optado por una pastoral más con el pueblo, más con la gente, especialmente con la gente pobre. En una entrevista con el subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, Terence Todman, Romero afirmó lo siguiente, con respecto a esta opción por el pueblo:

Me parece que ustedes no entienden cuál es el problema. ¿Por qué dice usted eso? Porque el problema no es entre la Iglesia y el gobierno, es entre gobierno y pueblo. La clave es ésa: gobierno – pueblo. No es la Iglesia, ¡y menos el arzobispo! Si el gobierno mejora sus relaciones con el pueblo, nosotros mejoraremos nuestras relaciones con el gobierno. Según le vaya al pueblo: esa será siempre nuestra medida[6].

En Romero hay una clara decantación por un pastoreo como los tiempos lo exigen. Por el lado contrario, sus hermanos obispos Revelo, Álvarez, Barrera y Aparicio, recurrieron a un sinfín de acciones para desarticular la opción de Romero por los pobres[7]. Entre alguna de estas acciones están: condenaciones públicas y pronunciamientos en contra de sus iniciativas; dificultar la difusión del periódico Orientación, dirigido por Romero; en varias ocasiones negaron la persecución eclesial a la que estaban sometidos decenas de sacerdotes, religiosos y laicos; intentaron boicotear la entrega del premio Nobel de la Paz a Romero; enviaban información negativa a Roma; hablaban mal de él en público, como a espaldas; pidieron a Roma deponer su función de arzobispo; publicaron cartas pastorales contrarias a las de él; entre otras más. Además se conoce que estos obispos mantenían cordiales y simpáticas relaciones con el Estado. Se apunta que estas actitudes manifestadas en contra de Romero por el prelado salvadoreño son por razones de envidia y celos hacia su manera de proceder ante la realidad, pastoralmente hablando. Romero, sin quererlo, acrecentó su fama, popularidad y atracción, no sólo de salvadoreños y salvadoreñas, también de gente del extranjero. Sus competencias pastorales fueron marcadamente bien recibidas por el pueblo[8]. A pesar de esta desavenencia, Romero manifestó su convencimiento de que, aunque la división de la conferencia era inminente, su trabajo por la unificación era importante. La desunión de la conferencia episcopal no fue invento de él. Hay testimonios que aseveran la radical adhesión de Romero al cuerpo episcopal, poniendo de manifiesto que la desunión no era una apuesta de él:

Quiero hacer profesión de fe solemne en este momento de mi adhesión al Santo Padre. El Papa ha sido para mí una iluminación y pienso morir fiel a él. También quiero profesar mi comunión con el cuerpo episcopal del mundo[9].

Realmente Romero fue un hombre que intentó darle sentido a su praxis, intentando ser coherente con la realidad. Muy bien se diría que la realidad “le cacheteó”[10], sin misericordia, sin piedad. Le hizo ver lo que realmente era la “realidad del diario vivir”, sin idealismos pero con necesaria utopía, sin falsas antípodas, todo visto desde el contacto con la gente, desde sus penas, esperanzas y triviales alegrías. Romero es lo que se conoce por la gente pobre. Su sacerdocio y su ser arzobispo tienen razón en ellos. Ellos, los y las pobres, le configuraron su opción sobre todo, ellos le ayudaron a encontrar a Dios. Continúo el recorrido, retomando lo que para él significo optar por los pobres, aún en medio de la crisis.

MONSEÑOR ROMERO:

“DE LA CRISIS ECLESIAL A LA ESPERANZA POPULAR”

La crisis eclesial que Romero vivió, le llevó a adherirse, aún más, a su destinatario: el y la pobre salvadoreños. Desde el inicio de su sacerdocio, él decía sentir un especial gusto por estar con ellos[11], además de afirmar, también, el sentir siempre en su interior una preocupación por ese tema[12]. La muerte de Rutilio Grande, sacerdote jesuita asesinado el 12 de marzo de 1977, acrecentó en Romero la indignación sobre el atropello hacia las minorías marginadas. Él dejó interpelarse por este acontecimiento, a tal punto de ordenar una misa única, trayendo como consecuencia, el inicio de la división de la Conferencia Episcopal y el nuncio apostólico Emmanuelle Gerada[13]. La experiencia de la muerte de Rutilio, para Romero significó un antes y un después, un despertar de un largo letargo etéreo, una toma de conciencia y postura ante la realidad incómoda, una necesaria kénosis. Como lo fue para Jesús, Juan el Bautista le abre el sendero para ejercer su misión, su encargo, su trabajo; así Rutilio Grande le muestra a Romero cuál es el camino a seguir: estar con el pobre, vivir para ellos, optar radicalmente por su defensa y vida, como celebrar y compartir sus alegrías, tomarlos como ejemplo, aprender de ellos, dejarse moldear por su realidad. A través de la muerte de Rutilio, él logra ver con claridad a los pobres como “pueblo crucificado[14]”, necesitados de samaritanos y samaritanas capaces de no sólo vendar las heridas de lo inquino, sino estar con ellos hasta dar la vida. A través de esta toma de conciencia, Romero plantea una pastoral menos piramidal, de órdenes, de estructura, llena de legalidad; convirtiéndola en un espacio para el encuentro fraterno que sana la historia, que parte de las víctimas, que busca reivindicar la vida sometida de las mayorías pobres. Los pobres, en Romero, pasan de ser entes sujetos de beneficio a personas sujetas de dignidad y derechos, especialmente en su vida, los pobres pasan a ser la razón de ella[15]. Sus palabras, sus obras, su actuar, su sentir, gira en torno a la opción por el desposeído y desposeída. Dentro de esta opción, y como punto dificultoso, los problemas con los representantes del dios Mammón no dudaron en aparecer. La oligarquía salvadoreña, además de avasallar al pueblo, lo intentó con la vida de Romero. Lo asesinaron, junto a una orquestación con los militares, pero solamente fue para confirmar y dar credibilidad a su adhesión al proyecto de Jesús: dar la vida por los demás, para así transformar la existencia, no en algo propio, sino en algo mayor: el reino de Dios. Su opción radical por el y la pobre, daba fundamento de que la actitud de la Conferencia Episcopal Salvadoreña, siempre con tono despectivo y mordaz, recorría un camino erróneo: ir en contra de la revelación bíblica del Dios decantado por los pobres. La riqueza y la pobreza no la inventó Romero, aunque lo que sí hizo fue esclarecer que una es producto de otra, es injusta por lo que se requiere conversión sincera de todos y todas[16], de la víctima, pero, especialmente del victimario. Romero plantea un cambio de vida radical y holístico, con capacidad de apertura a la justicia social, a la reconciliación y reivindicación de las víctimas, injustamente desoladas, 

¡Dichosos los pobres!, porque saben que aquí está su riqueza, en Aquel que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza, para enseñarnos la verdadera sabiduría del cristianismo. Por eso les dije al principio, queridos hermanos, que esta página de las Bienaventuranzas no la podemos comprender plenamente, y así se explica que haya sobre todo jóvenes que crean que no es con el amor de las Bienaventuranzas que se va a hacer un mundo mejor, sino que optan por la violencia, por la guerrilla, por la revolución. La Iglesia jamás hará suyo ese camino, que quede bien claro una vez más, que la Iglesia no opta por esos caminos de violencia […] La opción de la Iglesia es esta página de Cristo: las Bienaventuranzas. No me extraña, digo, que no se comprenda […] El mundo no dice: ¡dichosos los pobres! El mundo dice: ¡dichosos los ricos!, porque tanto vales cuando tienes. Y Cristo dice: Mentira, ¡dichosos los pobres!, porque de ellos es el Reino de los Cielos, porque no ponen su confianza en eso tan transitorio[17].


MONSEÑOR ROMERO:

“RECONSTRUCCIÓN SIMBÓLICA DE UN MÁRTIR HABITADO POR LA BONDAD”


Definitivamente y sin miedo a equivocarme, puedo afirmar, contundentemente, que las palabras, obras e intuiciones de Monseñor Romero, a lo largo de sus tres años de arzobispo (1977 – 1980), fueron motivo de esperanza para muchos, como motivos de vergüenza y sentido irascible para otros. La praxis pastoral que Romero ejecutó, como respuesta coherente y humanista ante la realidad de violencia y opresión que vivía El Salvador, la puedo enmarcar en la siguiente frase que Erich Fromm, psicoanalista y psicólogo social alemán, comparte en su libro “el arte de amar, una investigación sobre la naturaleza del amor[18]”,

Ser responsable significa estar listo y dispuesto a responder. Jonás no se sentía responsable ante los habitantes de Nínive. Él, como Caín, podía preguntar: ¿Soy yo el guardián de mi hermano? La persona que ama, responde. La vida de su hermano no es sólo asunto de su hermano, sino propio. Siéntese tan responsable por sus semejantes como por sí mismo. 

Luego de un largo recorrido de toma de conciencia sobre su rol en la sociedad, Romero se convierte en amante radical de la vida y es por ello que la indiferencia no es parte de su cosmovisión, ya que siempre intenta dar respuesta a los problemas más prioritarios del hombre y la mujer. Romero, al paso de su ser arzobispo, tiene un claro encuentro con la bondad que humaniza. Esta bondad encontrada y asumida le hace explayar su más alto grado de misericordia y sensibilidad hacia los y las demás. Esa bondad le hace acercarse al pobre, no para redimirles, sino, para dejarse afectar por ellos. Descubre, en el mundo de los pobres, esa riqueza vital para dignificar la vida: la necesidad y búsqueda de ese Dios que camina con su pueblo. Romero no solo lleva la bondad a los pobres, la lleva también a sus hermanos de la Conferencia Episcopal, aquellos que intentaron, por todos los medios, hacer fracasar el sueño de Dios, sueño asumido por Romero: la búsqueda incesante de un pueblo y una patria unida. Fraternalmente, enfrentó a aquellos que se dejaron seducir por el egoísmo que anula la concordia, aquellos que utilizan la violencia para generar división, aquellos que portan, como prenda sagrada, la envidia que alimenta al Caín que de alguna manera todos y todas llevamos dentro. Romero practica en vida aquel dicho que aparece en boca de Jesús, el amar al enemigo. Invita a todos a compartir, iniciando con un proceso de sincera conversión, de la mesa del Reino de Dios: militares, oligarquía, sectores armados, sociedad organizada y civil – especialmente la gente pobre, grupos religiosos, en fin, invitó a todos a ser parte del gran banquete del que Rutilio Grande hablaba, aquella mesa donde cada uno tiene un puesto y una misión. En Romero se evidencia la praxis de una “bondad política” capaz de tomar postura en favor del necesitado y necesitada, bondad capaz de hacer valer los mínimos derechos de cada ser humano, bondad capaz de tomar porte ante el ataque de cualquier vertiente. Romero tiene claro el precio a pagar por la práctica de esta bondad. Así como Jesús, el que pasó haciendo el bien (Hch. 10, 38), Romero emprendió la dura cuesta de la práctica del amor. Murió a tiro de una bala cobarde, anónima, injusta, bala que simboliza la iniquidad impuesta al pueblo, la cruz diaria de cada día, el demonio falto por exorcizar. Este hombre frágil, vulnerable y tímido, muestra al mundo la fuerza determinante que tiene el amor para nuestros días. Es por ello que, por su vida llena de bondad, el sigue siendo un misterio.

SAN ROMERO DE LAS AMÉRICAS,

RUEGA POR NOSOTROS Y NOSOTRAS

Conclusiones 

Confieso que en el proceso de este trabajo he asimilado mucho. Enumero los siguientes aprendizajes:

  • La bondad no tiene límites. Todos poseemos bondad, nuestra tarea es encontrarla, asumirla y dejarla ser.
  • Romero es quien es por tres factores históricos: Dios, el pueblo y su asertivo autoconocimiento. Es como una necesaria triada que le configura sus palabras, su praxis y su vida. Su anulamos alguno de esos factores, hablaríamos de otro Romero.
  • Romero convierte las diferencias en aprendizajes, en posibilidades, no los asimila como simples limitantes o problemas. ¿Qué hubiese ocurrido si Romero cae en el juego mezquino que le proponía sus hermanos obispos?
  • En Romero se ve claramente un amor sincero hacia la Iglesia, amor radical, no fanático ni fundamentalista. Romero no pierde vista que la Iglesia es imperfecta, y es por ello el gran amor que le tiene: quiere que sea más humana.
  • Leer la vida de Romero, es leer la historia que llevo en mis venas. Es venerar la memoria histórica de hombres y mujeres que intentaron parir un mundo más habitable. Es encender la chispa de la siguiente duda: si él, con sus desavenencias, pudo hacer algo por mi patria, ¿por qué yo no?
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Bibliografía.

· Morozzo, Roberto; MONSEÑOR ROMERO – Vida, pasión y muerte en El Salvador, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2010.

· Romero, Óscar A.; SU DIARIO, Arzobispado de San Salvador, 2000.

· López Vigil, María; PIEZAS PARA UN RETRATO, UCA editores, San Salvador, segunda edición, 1993.

· Maier, Martin; MONSEÑOR ROMERO – Conflictividad eclesial y carisma ministerial, UCA editores: http://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/1507/1/RLT-2005-064-B.pdf

· Fromm, Erich; EL ARTE DE AMAR – Una investigación sobre la naturaleza del amor.

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Referencias

[1] MOROZZO, R., Monseñor Romero: vida, pasión y muerte en El Salvador, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2010, p. 145. 

[2] MAIER, Martin; Monseñor Romero – Conflictividad eclesial y carisma ministerial, UCA editores, http://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/1507/1/RLT-2005-064-B.pdf, p. 17. 

[3] MOROZZO, R., Monseñor Romero: vida, pasión y muerte en El Salvador, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2010, p. 306. 

[4] MOROZZO, R., Monseñor Romero: vida, pasión y muerte en El Salvador, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2010, p. 303. 

[5] ROMERO, Ó. Su Diario, 3 de abril de 1978, p. 5 y 6. 

[6] LÓPEZ VIGIL, M. Piezas para un retrato, UCA editores, San Salvador, segunda edición, 1993, p. 213 y 214. 

[7] MOROZZO, R., Monseñor Romero: vida, pasión y muerte en El Salvador, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2010, p. 305. 

[8] MOROZZO, R., Monseñor Romero: vida, pasión y muerte en El Salvador, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2010, p. 309. 

[9] MAIER, Martin; Monseñor Romero – Conflictividad eclesial y carisma ministerial, UCA editores, http://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/1507/1/RLT-2005-064-B.pdf, p. 19. 

[10] LÓPEZ VIGIL, M. Piezas para un retrato, UCA editores, San Salvador, segunda edición, 1993, p. 55. 

[11] MOROZZO, R., Monseñor Romero: vida, pasión y muerte en El Salvador, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2010, p. 173. 

[12] Ibid., p. 174. 

[13] MAIER, Martin; Monseñor Romero – Conflictividad eclesial y carisma ministerial, UCA editores, http://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/1507/1/RLT-2005-064-B.pdf, p. 11. 

[14] Ibid., p. 26. 

[15] MOROZZO, R., Monseñor Romero: vida, pasión y muerte en El Salvador, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2010, p. 177. 

[16] Ibid., p. 293. 

[17] Ibid., p. 292. 

[18] p. 36.
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